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El concepto de “Oposición Leal” y el régimen de Raúl Castro

Miriam Celaya, Periodista Independiente

By Arch Ritter

Desde los primeros días de la Revolución, virtualmente todas las formas de oposición al gobierno fueron percibidas por el Presidente Fidel Castro como traición. Desafortunadamente, Estados Unidos proporcionó un cómodo pretexto, totalmente explotado por Fidel, para caracterizar a toda la oposición como recipiente de un traicionero apoyo con el fin de derrocar al régimen y revertir la “Revolución”. Los puntos de vista divergentes que competían con las visiones, ideas, argumentos y conclusiones super monopólicas de Fidel fueron considerados como contrarrevolucionarios. Cualquiera que tuviera estos puntos de vista iba a ser silenciado, rechazado, despedido de cualquier responsabilidad laboral, encarcelado o reducido a la emigración. Por último, expresar fuertes puntos de vista de oposición llevaba a ser etiquetado, por parte del poder monopólico sobre los medios y por el régimen político, como un “gusano”. Una deshumanización de los ciudadanos realmente despreciable.

Durante un tiempo pensé que el gobierno de Raúl Castro había suavizado sus posiciones sobre el disenso interno. Los blogueros, por ejemplo, no habían sido encarcelados, aunque fueran vilipendiados y acosados. Dentro de la academia, algunos analistas como Esteban Morales Domínguez habían sobrepasado los límites pero evitaron penas severas. No obstante, las acciones represivas fueron en aumento, lo que llevó a los arrestos preventivos de fin de semana de unos 100 disidentes (véase Juan Tamayo), y al ataque en los medios de varios de los ciudadanos periodistas que publican sus puntos de vista en blogs.

En palabras de Yoani Sánchez en un artículo reciente, “Unos sí, otros no”:

… De pronto veo una foto donde aparecía la blogger Miriam Celaya y otros conocidos rodeados de epítetos como “mercenarios” y “traidores”. El motivo era su participación en un taller sobre prensa digital, organizado en la residencia de un funcionario de la Oficina de Intereses de Estados Unidos. …Siempre que ocurre algo así, me preguntó por qué el gobierno cubano mantiene abierta una representación de EUA en la Isla, si –como dice- ésta viene a ser un “nido de provocación”. La respuesta está contenida dentro de la propia interrogante: no podrían gobernar sin echarle la culpa a otro de la inconformidad creciente …

Para mayor sorpresa, al otro día veo en el mismo aburrido noticiario imágenes de Raúl Castro entrevistándose con dos importantes senadores estadounidenses. Pero en su caso no lo presentaban como “vendepatria” o “gusano”, sino como el primer secretario del Partido Comunista. Ya sé que muchos tratarán de aclararme que “él sí puede porque es un gobernante”. A lo cual, permítanme recordarles que el presidente de una nación es sólo un servidor público, que no puede incurrir en una acción que le está prohibida o satanizada a sus compatriotas. Si él está facultado para ello, por qué Miriam Celaya no. Por qué no invitan a esta mujer que nació en el mismísimo año 1959 –antropóloga y magnífica periodista ciudadana- a un espacio en algún centro público para que cuente su experiencia en el manejo de la prensa digital y no tenga que conformarse con el local que le brindan “otros”.

Con el tiempo, Cuba llegará a aceptar la única institución del sistema político de Westminter, a saber, el concepto de “Oposición Leal”. “La Oposición Leal de Su Majestad” brinda las funciones indispensables para la crítica abierta, necesaria en todas partes para evitar errores estúpidos, para corregir errores lo antes posible, y para controlar las desafortunadas tendencias humanas hacia la arrogancia, corrupción, monopolio político y la dominación. Cuando un viejo régimen se convierte en víctima de la autosuficiencia, esclerosis, irrelevancia y el agotamiento intelectual, la “Oposición Leal”, que en efecto es “un gobierno en espera”, estará lista para ofrecer un equipo nuevo con una nueva visión, ideas frescas y energía renovada.

Es obvio que el gobierno de Raúl Castro no está listo todavía para permitir que emerja una oposición leal. En realidad es más fácil gobernar sin críticas u oposición. Pero le guste o no al régimen de Raúl, esta oposición existe, aunque esté fuertemente reprimida, y se fortalece gradualmente. Si Raúl Castro estuviera de verdad interesado en la salud de Cuba a largo plazo, él mismo daría pasos hacia este pluralismo político. Por desgracia, es poco probable que abandone voluntariamente su monopolio del poder.

Comentario por Miriam Celaya, Declaración de principios, de su Blog sin EVAsión: 

Mucho temor debe sentir un gobierno que se siente precisado a acosar tan abiertamente a los disidentes. Solo me falta, después de este nuevo ataque mediático, reafirmar públicamente mi posición en una declaración de principios: en mi calidad de ciudadana libre me atribuyo el derecho de asistir a los eventos que decida por mi propia voluntad, sin pedir permiso al gobierno; no recibo financiamiento ni salario de gobierno alguno, incluyendo al cubano, y me niego a abandonar tales principios bajo ninguna circunstancia; soy la dueña absoluta de mis actos y de mis ideas y estoy dispuesta a responder por ellos; también publico y publicaré mis trabajos donde me parezca oportuno. Los señores hacendados deberían acabar de entender que no todos los cubanos son esclavos de su dotación. El 59100900595, mi número oficial de inscripción en esta cárcel insular, es desde hace años el de una liberta por voluntad y convicción propias. Preferiría morir antes que regresar al cepo.

President Raul Castro with U.S. Sen. Patrick Leahy, left, a Democrat from Vermont, as U.S. Senator Richard Shelby, a Republican from Alabama, behind right, watches in Havana, Cuba, Thursday Feb. 23, 2012.

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Miriam Celaya: De controles, contralores e incontrolables.

Octubre 3, 2011 at 17:50 · Clasificados en Sin Evasión, “De controles…”

Miriam Celaya

Una de las primeras providencias del General R. cuando asumió la investidura de mando (permítanme los lectores halagar la vanidad del benjamín de los Castro) fue la creación de un sistema de contraloría que detectara y pusiera coto a la corrupción galopante que se ha entronizado en el país en todas las esferas y a todos los niveles. Se sospecha que la corrupción es general, pero los controles y auditorías alcanzan solo hasta un punto… Más arriba de éste, podrían provocar peligrosos vértigos.

Lo primero (detectar la corrupción) debe ser sumamente fácil. Salta a la vista y sale al paso de cualquiera, sin esforzarse mucho. Lo segundo (ponerle coto), ya es harina de otro costal. Porque el General, claro, inició desde el principio un proceso por arriba –no exactamente “desde arriba” – y hacia abajo, justo donde más se resienten los bolsillos del poder, y desde entonces han rodado muchas ilustres cabezas, incluyendo algunas célebres testas que ya peinan canas o que ni siquiera les quedan canas que peinar, y que solo hasta ayer formaban parte de la corte confiable de sus majestades verdeolivo.

Es decir, a los primeros defenestrados de la conocida Banda de los Siete: Otto Rivero, Felipe Pérez Roque, Francisco Soberón, José Luis Rodríguez, Carlos Lage, Carlos Valenciaga y Fernando Rodríguez Estenoz, que al parecer constituían algún tipo de amenaza para las charreteras más encumbradas del palacio, se han sumado “revolucionarios” de vieja data que  hasta hace poco eran conocidos por su probada adhesión al régimen.

Al parecer, los efectos de las contralorías están resultando más escandalosos de lo que dicta la prudencia, así que la prensa oficial ha recibido la orientación expresa de callar. Es decir, de callar más aún. Por eso los medios de difusión, fundamentalmente la prensa plana, se dedica con un celo digno de mejores causas a poner bajo el sol el desvío de recursos del administrador de una panadería o de una cooperativa agrícola, pero esconde bajo las alfombras las suciedades de los ministerios y de otros altos funcionarios de títulos más largos que sus nombres.

Da la impresión que nadie escapa al escrutinio de la severa contraloría a impulsos de la voluntad purificadora del General. En lo personal, a mí me parece como un arqueo de caja, en el que el cajero entrante procura depurar las cuentas para que no se resientan sus propias ganancias. Porque hasta donde se ha llegado, diríase que los contralores han defecado contra el ventilador de techo, y se han salpicado de heces más cortesanos de los que calculaban sus majestades. Desde ministros, gerentes de firmas (extranjeros y cubanos), directivos de aviación, funcionarios de empresas de diversas magnitudes –incluyendo la flamante y militar ETECSA– y un sin número de comparsas menores que sí han sido públicamente decapitados.

Pero lo que no dejan de preguntarse los individuos más curiosos, esos majaderos que todo se lo cuestionan y siempre están cargados de malas intenciones, es quiénes serán los líderes encargados de renovar un modelo que hasta ahora parece generar epidémicamente dirigentes corruptos. ¿Qué garantías habrá de que los que asuman las responsabilidades de los depuestos no terminarán corrompiéndose? ¿Qué posibilidades existen de que un gobierno que no ha sido capaz de crear un relevo moralmente apto  para llevar adelante las “elevadas misiones de la revolución” tenga éxito en formar en corto plazo un grupo de dirigentes responsables y honrados? ¿Se crearán escuelas de “líderes emergentes”? ¿Se descubrirá un gen de incorruptibles para clonar nuevos ministros y funcionarios? ¿Podrá confiar el General en alguien menor de 75 años?¿Podemos confiar nosotros (“¡ahora s¡!”) en la capacidad de selección del General?

Pero, en medio de este mar de corrupciones de los que manejaban apenas una pequeña tajada del poder y del dinero, quizás las preguntas más difíciles de responder son justamente las que parecen más urgentes y lógicas: ¿Son nuestro presidente y sus más cercanos colaboradores los únicos “puros” que nos quedan para llevar el timón en medio de tantas tempestades? ¿Es auditable el General? ¿Quién es el contralor que escruta los manejos financieros de la administración del país?

Esperemos sentados la respuesta de la flamante Contralora General de la República.

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